Recientemente, he considerado que mi status virtual ha variado un poco. Inicialmente, cuando a finales de Julio de este año, inauguré mi blog personal, no consideré posible que escribir acerca del derecho, en sus diversas dimensiones, resultara posible. Es más fácil escribir acerca de la justicia que del derecho, porque respecto de la primera ni siquiera estamos todos de acuerdo en qué es, cómo se come, y donde la podemos desenterrar. Es mucho más étereo y difuso, y por ello, permite mayores libertades a la hora de escribir.
A pesar de mi inicial escepticismo, he visto con mucha alegría que lo que yo creía imposible, muchos otros lo han hecho posible. Muchos blawgs de gran calidad tratan temas netamente de derecho, y personalmente me ponen a pensar bastante. Supongo que una de las ventajas que de ello derivan es que realmente no debo preocuparme mucho por saber quién fue el sabio erudito que vertió su conocimiento en un ingreso de blog, sino que debo preocuparme más por leer ese ingreso, digerir las ideas que allí se encuentran, y confrontarlas. Me resulta mucho más delicioso este ejercicio, que la idea de saber que me enfrento ante Hart, Kelsen, o Josserand, y que por ende, debo tener cierto status acreditado para poder atreverme a imitir algún concepto.
Sin duda, es claro que el hecho de escudarme tras un traje de plumífera voladora, no implica que me he convertido en un ser sapiente y juez de abogados, porque terminaría siendo lo que siempre he detestado. Sin embargo, creo que los esfuerzos que esta comunidad a la que pertenezco ha realizado, pueden ser mucho más importantes de lo que inicialmente pensé. Al principio, consideré que sería agradable contar con un grupo de personas a las que yo pudiera retroalimentar con mis pensamientos sobre sus respectivos ingresos, y contar con sus opiniones acerca de mis propios planteamientos. Luego, me empecé a percatar de una situación muy interesante, que hace que hoy ame y odie al derecho un poco más que antes. Nuestro derecho está muy crudo y se ha quedado relegado a las ideas de unos pocos, en un mundo construido y vivido por muchos.
Por eso, he optado en gran parte dejar de lado mis deseos de llegar a las puertas de la sabiduría, y he decidido, en cambio, tomar la ruta del atrevimiento. La primera es mucho más segura, porque como debo partir de que “solo sé que nada sé”, entonces puedo valerme de otros tantos más juiciosos y elocuentes que yo para intentar exponer mi propio planteamiento. La segunda vía, la del atrevimiento, resulta más arriesgada porque es mi plumaje el que está en juego, y debo defenderme por mí mismo, y no por ministerio de San Agustín o Santo Tomás.
La idea de una convención de blawgers me resulta fascinante para discutir estos temas, porque es claro que la metodología de discusión del derecho está cambiando, y nosotros (los blawgers) estamos jugando un importante papel en la masificación de este cambio. Adicionalmente, hemos podido revisar comentarios de varios de los participantes, que nos demuestran que realmente el mundo jurídico no es como inicialmente lo vimos cuando estudiamos derecho. Anteriormente, uno debía afiliarse a las corrientes iusnaturalistas, a las iuspositivistas, o a las del realismo jurídico. Resulta que el derecho natural hoy en día resulta inaplicable porque nuestro mundo ya no se rige por las normas de la naturaleza, sino por los caprichos de la naturaleza, y por los algoritmos de los programadores. Ya sea por la suerte de la primera o por decisión de los segundos, claramente no podemos pensar en normas previas que son inmutables. La mutabilidad se ha constituido en la regla general. El positivismo partía del hecho de que la norma gobernaba al hecho, pero resulta que nuestro mundo ha acelerado tanto que la norma es tan solo un punto de referencia más o menos distante, que nos orienta sobre posibles soluciones, pero que no las trae servidas en bandeja de plata. Por último, el realismo jurídico no es real. Revisemos el caso de la juez baru budu budía, nuestro Super Juez Baltasar Garzón, o el reciente caso del divorcio de una pareja debido a la infidelidad del marido en Second Life.
Considero que las teorías se han quedado cortas, y que nuestro doble rol como abogados en la “vida real” y como actores interrelacionados en el mundo virtual, nos da cierta licencia para optar por el atrevimiento, bajo la convicción que en algún momento, nuestro yo terrenal podrá guiar nuestro pensamiento para lograr un mejor producto. La regla de legitimación, que sirvió a las teorías contractualistas para idear el fenómeno de la validez de la norma jurídica, no es aplicable al mundo virtual. En términos reales, la legitimidad o ilegitimidad de nuestras propias ideas depende de la legitimación que nosotros mismos hagamos de ellas, y no de la imposición que un ente externo quiera hacernos validar.
En consecuencia, entre sabios y atrevidos, la discusión es ardua y dialéctica. El debate conceptual y la retroalimentación intragrupal, resulta valiosa, razón por la cual será necesario que nos sigamos “midiendo”. Resultará necesario difundir los resultados de este laboratorio, con miras a continuar con la gestión. Dogmática y filosofía: bienvenidas sean. Derecho: a seguir amándote y odiándote. Justicia: Ojalá un buen día nos encontremos. Sabios y atrevidos: Adelante con la tarea…
A pesar de mi inicial escepticismo, he visto con mucha alegría que lo que yo creía imposible, muchos otros lo han hecho posible. Muchos blawgs de gran calidad tratan temas netamente de derecho, y personalmente me ponen a pensar bastante. Supongo que una de las ventajas que de ello derivan es que realmente no debo preocuparme mucho por saber quién fue el sabio erudito que vertió su conocimiento en un ingreso de blog, sino que debo preocuparme más por leer ese ingreso, digerir las ideas que allí se encuentran, y confrontarlas. Me resulta mucho más delicioso este ejercicio, que la idea de saber que me enfrento ante Hart, Kelsen, o Josserand, y que por ende, debo tener cierto status acreditado para poder atreverme a imitir algún concepto.
Sin duda, es claro que el hecho de escudarme tras un traje de plumífera voladora, no implica que me he convertido en un ser sapiente y juez de abogados, porque terminaría siendo lo que siempre he detestado. Sin embargo, creo que los esfuerzos que esta comunidad a la que pertenezco ha realizado, pueden ser mucho más importantes de lo que inicialmente pensé. Al principio, consideré que sería agradable contar con un grupo de personas a las que yo pudiera retroalimentar con mis pensamientos sobre sus respectivos ingresos, y contar con sus opiniones acerca de mis propios planteamientos. Luego, me empecé a percatar de una situación muy interesante, que hace que hoy ame y odie al derecho un poco más que antes. Nuestro derecho está muy crudo y se ha quedado relegado a las ideas de unos pocos, en un mundo construido y vivido por muchos.
Por eso, he optado en gran parte dejar de lado mis deseos de llegar a las puertas de la sabiduría, y he decidido, en cambio, tomar la ruta del atrevimiento. La primera es mucho más segura, porque como debo partir de que “solo sé que nada sé”, entonces puedo valerme de otros tantos más juiciosos y elocuentes que yo para intentar exponer mi propio planteamiento. La segunda vía, la del atrevimiento, resulta más arriesgada porque es mi plumaje el que está en juego, y debo defenderme por mí mismo, y no por ministerio de San Agustín o Santo Tomás.
La idea de una convención de blawgers me resulta fascinante para discutir estos temas, porque es claro que la metodología de discusión del derecho está cambiando, y nosotros (los blawgers) estamos jugando un importante papel en la masificación de este cambio. Adicionalmente, hemos podido revisar comentarios de varios de los participantes, que nos demuestran que realmente el mundo jurídico no es como inicialmente lo vimos cuando estudiamos derecho. Anteriormente, uno debía afiliarse a las corrientes iusnaturalistas, a las iuspositivistas, o a las del realismo jurídico. Resulta que el derecho natural hoy en día resulta inaplicable porque nuestro mundo ya no se rige por las normas de la naturaleza, sino por los caprichos de la naturaleza, y por los algoritmos de los programadores. Ya sea por la suerte de la primera o por decisión de los segundos, claramente no podemos pensar en normas previas que son inmutables. La mutabilidad se ha constituido en la regla general. El positivismo partía del hecho de que la norma gobernaba al hecho, pero resulta que nuestro mundo ha acelerado tanto que la norma es tan solo un punto de referencia más o menos distante, que nos orienta sobre posibles soluciones, pero que no las trae servidas en bandeja de plata. Por último, el realismo jurídico no es real. Revisemos el caso de la juez baru budu budía, nuestro Super Juez Baltasar Garzón, o el reciente caso del divorcio de una pareja debido a la infidelidad del marido en Second Life.
Considero que las teorías se han quedado cortas, y que nuestro doble rol como abogados en la “vida real” y como actores interrelacionados en el mundo virtual, nos da cierta licencia para optar por el atrevimiento, bajo la convicción que en algún momento, nuestro yo terrenal podrá guiar nuestro pensamiento para lograr un mejor producto. La regla de legitimación, que sirvió a las teorías contractualistas para idear el fenómeno de la validez de la norma jurídica, no es aplicable al mundo virtual. En términos reales, la legitimidad o ilegitimidad de nuestras propias ideas depende de la legitimación que nosotros mismos hagamos de ellas, y no de la imposición que un ente externo quiera hacernos validar.
En consecuencia, entre sabios y atrevidos, la discusión es ardua y dialéctica. El debate conceptual y la retroalimentación intragrupal, resulta valiosa, razón por la cual será necesario que nos sigamos “midiendo”. Resultará necesario difundir los resultados de este laboratorio, con miras a continuar con la gestión. Dogmática y filosofía: bienvenidas sean. Derecho: a seguir amándote y odiándote. Justicia: Ojalá un buen día nos encontremos. Sabios y atrevidos: Adelante con la tarea…
