lunes, 24 de octubre de 2011

¿Tiene límites el principio de neutralidad de la Cruz Roja Internacional?

Lina M. Céspedes-Báez
 
Los dilemas que genera la comprensión del principio de neutralidad del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) deben ser abordados desde dos perspectivas: las razones que llevaron a la creación de esta organización y el cambio en el contexto de su operación.

Respecto de lo primero, el Convenio de Ginebra de 1864 es la fuente adecuada para identificar el objetivo perseguido por el CICR: dar asistencia a las víctimas del conflicto armado, sin propender de ninguna manera por el fin del mismo. En ese sentido, la neutralidad fue pensada como una manera de generar confianza entre las partes en conflagración, con el fin de asegurar que el personal de la CICR tuviera acceso a los heridos y la población atrapada en el conflicto.

En este sentido, el Convenio de Ginebra de 1864 ha sido considerado como la base fundamental e inmediata del Derecho Internacional Humanitario (DIH), razón por la cual se podría decir que de allí se derivan todas sus potencialidades y limitaciones. Respecto de las últimas, y en lo que atañe a la neutralidad, es importante resaltar el momento histórico en el que se redactó dicho convenio: las batallas por la unificación italiana, específicamente la de Solferino, en la cual se enfrentaron el ejército austriaco contra el francés y el del Reino de Cerdeña. Como se puede observar, las circunstancias que rodearon la gestación del Comité estaban definidas por un conflicto armado con elementos internacionales claramente identificables. Esta situación impondría el tono de los futuros convenios de Ginebra, con su énfasis en los conflictos armados internacionales y una pobre producción de cuerpos jurídicos para los conflictos armados internos.

De acuerdo con lo anterior, cuando se habla de neutralidad como código de conducta, es inevitable hacer referencia, aunque sea implícita, a cómo esta directriz fue forjada a la luz de conflictos armados internacionales, en medio de una lógica de protección de la soberanía de los estados y de la limitación de la labor del Comité a los contextos del jus in bello (derecho en la guerra). En efecto, el CICR no tiene pretensiones de actuación en el área del jus ad bellum (derecho a la guerra), es decir, no pretende entrar en las discusiones de cuándo es legítimo o no hacer uso de la fuerza, cosa que por supuesto ha generado críticas.

De lo anterior se colige que la neutralidad nace en un contexto, en otras palabras, es un concepto relacional que implica abstenerse de participar en las hostilidades y en discusiones políticas, raciales, religiosas o doctrinarias. De esta manera, la neutralidad del Comité implica privilegiar el prestar ayuda a las víctimas del conflicto, sin importar su filiación política, su pertenencia a un grupo armado, su religión o su raza, entre otros. Para lograr este acceso a las víctimas, la neutralidad es una posición determinante para incentivar que los grupos y estados permitan llegar hasta ellas.

Ahora, la neutralidad también implica dilemas frente a las violaciones graves de derechos humanos y la reserva de esa información. Basta pensar en el escándalo referente al conocimiento que tenía el CICR de lo que sucedía en los campos de concentración nazi. Esto implica una valoración respecto del contexto cambiante en que ha venido operando esta institución en los últimos años. En efecto, una cosa era ser neutral frente a dos o varios estados enfrentados, otra cosa es la neutralidad en el territorio de un estado inmerso en un conflicto armado interno o involucrado en graves violaciones del DIH y de los derechos humanos de sus ciudadanos, como era el caso del nacionalsocialismo alemán.

La diferencia radica en dos vertientes: (i) el DIH está pensado en su mayoría para los conflictos armados internacionales, de modo que existen varias lagunas en materia de conflictos armados internos y (ii) los conflictos armados internos casi siempre están enmarcados en la pretensión de legalidad de uno de los actores (estados) y la ilegalidad de los otros (guerrillas, grupos minoritarios, movimientos políticos, etc.)
En estos contextos, la pretensión de neutralidad se ve claramente amenazada, porque está de por medio el dilema de si la asistencia a las víctimas, la reserva y el no tomar partido hacen parte de una complicidad no consentida con la ilegalidad. Claro, en el caso de los Estados enfrentados en una guerra siempre estará la duda de si hubo un recurso legítimo a la fuerza, pero este interrogante se hace más profundo cuando un Estado está atravesado por una guerra interna en la que el ordenamiento jurídico condena y deslegitima los actos de violencia por y en contra de sus ciudadanos y residentes.

La comprensión de lo complicado que es la neutralidad impone recordar siempre que ésta implica una toma de posición respecto de algo que se traduce en la no participación. En ese sentido, la neutralidad pura es un sofisma y sólo puede ser ejercida cuando se tiene claro respecto de qué se es neutral. De ahí que, en un mundo en el que el conflicto armado interno, el terrorismo y las redes internacionales del crimen son el orden del día, la neutralidad sea cada vez más difícil de definir y mantener. Esto conlleva a que el tema de la neutralidad desborde los contornos del derecho internacional y se vuelva una cuestión de política y relaciones internacionales.

A pesar de ello, no puede perderse de vista que el CICR es un actor internacional sujeto, por lo menos, a mínimas obligaciones en materia de derechos humanos, lo que le impondría necesidad de informar a las autoridades pertinentes de casos atroces y de hechos que pongan en peligro la salubridad y la seguridad mundial. En conclusión, la neutralidad no constituye un imperativo absoluto, ni una regla de conducta que no esté sujeta a excepciones, sin embargo, como casi siempre sucede en DI, las excepciones causan incertidumbre y están expuestas a la negociación constante de las partes interesadas.

Imagen tomada de: http://www.arquidiocesiscali.org/noticias.shtml?apc=i---;-;-;-;&x=3003&s=t

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