lunes, 16 de noviembre de 2009

Parafraseo de Gaviota a Timo

El destino ha querido enviarme mensajes encriptadas en todo sentido.  Esta semana, de noticias desalentadoras en el plano jurídico y político (¡vaya novedad!), vino de la mano con algunos contratiempos de índole logístico.  Siendo sincero, el mayor problema es que mi alter ego estuvo trabajando tiempo extra y no tuvo la decencia de prestarme el computador sino para efectos de revisar mi correo electrónico.  No obstante, la comunicatividad ha crecido un poco, teniendo en cuenta que he debido ser un poco más paciente con él de lo que usualmente lo soy.

No obstante, el viernes, él tuvo su pequeño desquite y logró disfrutar de un buen concierto al final de la jornada.  Me comentó, al día siguiente del concierto, una anécdota que me ha resultado útil para ahondar un poco más en un tema que me inquieta mucho.  Mientras me comentaba su anécdota, recordé un ingreso que hubiera escrito en el mes de abril, titulado “Mi educación a la putanesca”.  Veremos si puedo transmitir, siquiera con algún grado de fidelidad, la anécdota.  Aquí va.

Antes del inicio del concierto, allí me encontraba yo (hablo como si fuera él) rodeado de un poco de personas inspirados por el concierto que empezaría algunos minutos más adelante.  Teóricamente habíamos presupuestado la presentación de dos grupos:  Uno de ellos era el recientemente famoso Dragonforce, un ensamblaje de música a máxima velocidad, plagada de virtuosismo y fuerza metalera.  Sin embargo, la promoción incluía la presentación de Timo Tolkki, guitarrista legendario del ya extinto grupo de metal Stratovarius.  La expectativa era total, pues no sabíamos con quién habría de tocar.

Pocos minutos después, vimos aparecen en la tarima a Timo, solo, sin atuendo de presentación.  Por supuesto, el público eufórico no se hizo esperar con una gran ovación al legendario músico.  Habló, y lo primero que hizo fue agradecer la calidez bogotana, pero inmediatamente se disculpó por los organizadores.  Mencionó los problemas que se la habían generado pocos días atrás en Chile, donde la fanaticada entró en estado de ira, al enterarse que no se trataba de un concierto, sino de un seminario.  Supuso que ocurriría lo mismo en Bogotá, y por lo tanto optó por disculparse por adelantado.

Hubo sorpresa, y hubo malestar.  No obstante, yo estaba ansioso por saber de qué se trataba esto.  Timo hablaba, y todos (en realidad, casi todos pues había un par de payasos que no permitían que hablara, dando claras muestras de inmadurez) escuchábamos atentos.  Hizo un recorrido acerca de su vida en la música, y cómo la comparación, la devoción por grandes maestros y la disciplina fueron marcando su vida en la música.

Recordó como hace tan solo 20 años, Finlandia no era ‘nadie’ en el mundo de la música, y cómo ahora, existen muchos grupos que constituyen referentes en varios géneros, especialmente en el amplio mundo del rock y del metal.  Mostró cómo en diversos momentos de su vida, a medida que estudiaba y mejoraba, se encontraba con varios músicos que iban convirtiéndose en referentes por su gran talento musical.  En cada uno de estos instantes, lo primero que venía a su mente era que él no era bueno, y que debería abandonar su sueño.  Varios ejemplos ilustraron esta situación, mencionando a grandes de la guitarra como Paco de Lucía, Ritchie Blackmore, y Yngwie Malmsteen.

Luego de algunas interpretaciones, fragmentos de canciones que marcaron su vida, y el relato sobre su experiencia personal, Timo nos comentó que el secreto era trabajar, estudiar, y no escuchar a los demás.  Lograr nuestra propia música, perfeccionarla y sentirnos bien al interpretarla.  Eso es lo que cada uno de los músicos queremos.  No está mal tener referentes, tener ídolos.  El problema es compararnos con ellos y creer que nunca seremos lo suficientemente buenos.  Yo, que siempre he sentido el llamado de la música, la pasión que genera y el amor eterno que me une a ella, entendí sus palabras, y me sentí aliviado por ellas.

Luego de escuchar su relato, conociendo a mi alter ego tan bien, entendí la satisfacción que sintió al escuchar estas palabras, en un país en el que nos gusta desacreditar todo nuestro talento nacional.  Paradójicamente, quienes luego logran ascender y ser reconocidos, pasan del anonimato a la idolatría.  Ver a Juanes, a Shakira y a Carlos Vives me recuerdan esta verdad.  Al igual que en la economía, en Colombia no hay clase media.  Muchísimos, pobres y abandonados, sin sentir aquello que los teóricos llaman solidaridad.  Un pequeño puñado, en la cúspide, siendo idolatrados por los de abajo.  En la mitad, no hay nadie.

Todo esto pensaba yo cuando él me contaba la historia.  Me pareció una buena historia, aunque él nunca se haya caracterizado por ser bueno en contar cuentos.  Sin embargo, el carácter personal que él le brindaba, y que se evidenciaba a través del brillo de sus ojos, me hicieron compenetrarme más y más en su relato.   Sin embargo, otros pensamientos empezaron a invadir mi mente en ese momento.  Pensé en cómo este aspecto cultural que se encuentra grabado en nuestra memoria RAM preinstalada, ha afectado cualquier concepto de desarrollo en el país.

Me pregunto por qué los ‘grandes pensadores’ según la opinión pública nacional son aquellos que han estudiado en el exterior, menospreciando el valor de la educación nacional y del capital humano que aquí se puede construir.  Me acordé entonces de “Mi educación a la putanesca”, y cómo precisamente el modelo de educación estilo Bolonia ha obligado a aceptar estándares extranjeros a nivel generalizado.

Nuestro derecho, nuestra justicia, todo nuestro modelo institucional lamentablemente está funcionando así.  Digo que es lamentable, no porque sea incapaz de aceptar las buenas ideas que puedan venir del extranjero.  Lo que soy incapaz de entender es que en este país entendamos que toda idea que venga de los países idolatrados necesariamente es buena, o peor aún, que aún creyendo que es buena, no nos tomemos la molestia de intentar adaptarla a nuestros modelos ya nuestra idiosincrasia.  He discutido bastante cómo el modelo judicial que pretende ahora imponerse se fundamenta en las ideas (mediatas o inmediatas) de Dworkin, y más aún, de la concepción del realismo jurídico del common law.  Veo, sin embargo, que nuestra idolatría a terceros sigue escalando, y cómo el intento de generar un derecho (en sentido global) propio no es más que un intento fallido.

Ahora, está de moda la Corte Penal Internacional, y queremos que estos superjueces nos resuelvan todos los problemas.  Mientras tanto, intentamos importar más modelos en todas las ramas del derecho, y seguimos insistiendo en que evolucionamos, y evolucionamos, y evolucionamos.  Me gustaría –insisto– saber donde está la evolución.  Nuestros países idolatrados constantemente enseñan a sus alumnos que el alumno ha de superar al maestro.  Parece ser que esa enseñanza no nos gusta mucho.  Ante la eterna disyuntiva entre ser cola de león o cabeza de ratón, parece ser que es claro lo que queremos ser.  Lástima que las palabras de Timo se sigan esfumando en el aire, como las de todos aquellos que como él, han querido que seamos concientes de nuestra propia grandeza, por pequeña que ella sea.

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