domingo, 24 de mayo de 2009

La ciudad de la furia


Acabo de llegar de un viaje relampago a Buenos Aires. Un viaje no planificado, previsto de última hora (de últimas semanas, para ser exactos) pero enriquecedor de todo punto de vista. La experiencia de conocer una ciudad tan maravillosa y estimulante como Buenos Aires es única. Con sus monumentos, sus teatros, sus calles amplias, sus avenidas ostentosas. Una ciudad con una intensa vida cultural que se refleja en el hecho -inopinado- de encontrar librerias abiertas, por ejemplo, en la avenida corrientes a las 2 am.


Junto a Mónica, nuestra compañera de viaje irremplazable, conocimos la UBA. Ahí a Lucas Arrimada -un talentoso y joven constitucionalista, que fue en esos días un amigo entrañabilisimo- y a Roberto Gargarella, el legendario profesor y jurista argentino. Fuimos al seminario de Teoria Política y Derecho Constitucional en el Salón Rojo de la UBA y participamos de la charla que ese día dictara Marcelo Alegre. Más allá del tema -la objeción de conciencia- me impresionó el nivel del dialogo académico que existe en Argentina. Hay una comunidad académica muy asentada, y pese a que las discusiones son algidas, la estima y el respeto personales nunca están en juego.


Nos quedo la impresión de que Buenos Aires es una ciudad muy grande para tan pocos días. Hay muchas cosas que conocer, y mucho que disfrutar. Se puede leer y pasear con fruición, y escribir y amar -la ciudad, la vida, el tiempo- con la misma pasión de la milonga, esa que vimos, en la Ideal de la calle Suipacha un día entonces.

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